Suplementos
La renuncia de Benedicto XVI y la disputa por el poder
Hemos visto a la Iglesia en su hora más crítica. El Papa renunció. La primera reunión de cardenales para iniciar el proceso de sucesión es mañana
La Iglesia Católica vive hoy una de las mayores crisis de su historia. Nadie la ignora dentro ni fuera de la institución. Los datos son evidentes: menos clero, menos fieles, crisis de autoridad, deriva institucional y escándalos desde la curia romana hasta las parroquias locales. No hay país ni región que quede afuera de este panorama.
Los conflictos aparecen a la hora de diagnosticar las causas y cuáles medidas implementar para solucionarlas. El acontecimiento del Concilio Vaticano II en los sesenta del siglo pasado y sus propuestas de reformas “urgentes y profundas”, están en el corazón de la discusión. Fue el hecho más movilizador de la catolicidad en el siglo XX y su impacto continúa hasta la actualidad.
Está en juego varias memorias de ese hecho como catalizador de enfrentamientos. Cada una con su historia, presente y propuestas para el futuro. Eso sí, cada grupo se mostrará como el “verdadero”, “auténtico” y “único” y mostrará a los “otros” como “falsos”, “equivocados” o “traidores” interpretadores de ese Concilio. Eso sí, a no confundirse, se vive a nivel mundial una mayor búsqueda de espiritualidad y de sentido que, en el caso de América Latina se hace mayoritariamente al interior del complejo y diverso mundo y cultura cristiana.
La renuncia de Benedicto XVI debe comprenderse entonces en ese contexto. La institución católica está viviendo una (o la) crisis terminal de un modelo romano, centralista, eclesiástico y de reafirmación identitaria integralista (es decir en todas las esferas del mundo de la vida). Modelo que ha buscado catolizar al Estado, la sociedad, el mundo de la política, personas, imaginarios y subjetividades desde múltiples experiencias sociales e ideológicas y ha fracasado en el intento en todo el siglo XX y lo que va del XXI.
Por primera vez en casi 600 años del cristianismo católico, un Papa abandona el cargo, explicita los motivos y planifica su retiro y sucesión aprovechando los ultramodernos medios de comunicación existentes. La carta de dimisión —en latín— muestra en primer lugar como tomó la decisión. Lo hace luego de “haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia”. El ser Papa deja de ser una “función sagrada”, “de sacrificio total”, hasta “que la muerte llegue” e “infalible” para ser un cargo y un puesto al cual se puede (o se deba) renunciar cuando uno y los hechos sociales lo crean conveniente. En otras palabras, muestra el proceso global de secularización que vivimos al mostrar que, aún el “puesto” de “Sumo Pontífice”, es también una función ordinaria.
No hay que olvidar que el Papa es el obispo de la ciudad de Roma y que tendría como tal las mismas obligaciones que el resto de los obispos, es decir el de renunciar a los 75 años.
Por otro lado, queda claro que la razón de su renuncia no es sola física sino “espiritual”. Dijo: “el vigor que ha disminuido en mí”. Al retirarse del cargo muestra el fracaso y desencanto con un proyecto y la imposibilidad de llevarlo adelante.
No es un secreto saber cuáles son las crisis que han debilitado el cuerpo y el espíritu de Benedicto XVI. Los casos de pedofilia y abuso sexual cometidos por eclesiásticos aparecen cotidianamente en el mundo entero produciendo un rechazo a la “hipocresía” y “cinismo” de cómo fueron “escondidos” y “tolerados” ayer y la dificultad hasta hoy de llevarlos a la justicia para su condena. El propio Papa fue acusado por obispos de EU de haber “encarpetado” numerosas denuncias cuando era la mano derecha de Juan Pablo II en la curia.
Lo que debilita al espíritu
Miremos en Argentina lo que ha sucedido con el caso de clérigos —obispos y sacerdotes— condenados sin que la institución los expulse de sus filas. Los casos de delitos económicos están a la orden del día en el banco del Vaticano (el IOR). Acusaciones de lavado de dinero, de inversiones prohibidas y de balances fraguados se hicieron públicas por las autoridades económicas de la Comunidad Europea (no olvidemos nunca que la barca de Pedro incluye el Estado del Vaticano) y enfrentaron violentamente a los miembros de la curia romana sobre las responsabilidades. Documentos internos son hechos públicos por sus secretarios privados y el camarero para favorecer a tal contra cual creando desconcierto en el Papa y el pueblo católico.
“Debilita al espíritu” saber que los responsables de esas maniobras son los movimientos que tanto él como su antecesor Juan Pablo II han puesto allí como ejemplos y con poderes extraordinarios. El Opus Dei, Los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación, entre otros “nuevos movimientos” forman, junto a la burocracia romana, la hegemonía del poder en Roma desde hace más de 30 años y son los que aparecen públicamente relacionados a estos delitos. El nombramiento en la misma semana que renuncia de un nuevo presidente del IOR (que se dedica en su empresa a construir barcos de guerra y pertenece a la sospechada Orden de Malta) a 15 días de su partida, muestra que los escándalos, las divisiones y las luchas por el poder continúan.
Es el fracaso del proyecto de derrotar a la dictadura del relativismo, del subjetivismo y del constructivismo (en especial el de género) ofreciendo “certezas católicas integralistas para toda la vida” de una imaginaria época de oro europea del cristia nismo (la del latín como idiomwa sacral, el gregoriano, la sotana, del vínculo pesimista entre razón griega y fe latina y la obediencia sublimada a la autoridad) no crea “encantamientos” en una sociedad global tensionada en un mundo capitalista “con ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres” que busca más pluralidades, diversidades y libertad individual de conciencia.
También es el derrumbe de un proyecto de ordenamiento global de una institución que muestra signos visibles de indisciplinamiento a todos los niveles. La “no tolerancia” al autoritarismo está produciendo fugas, disputas, huidas y expresiones públicas de rechazo que ya no pueden ser ocultadas. Los escándalos de las máximas jerarquías de la Iglesia Católica —denunciados en estos días por el propio Benedicto XVI— están minando la credibilidad no sólo de las personas que ejercen esos puestos sino del propio carisma de función de esa autoridad construido durante siglos de poder simbólico cristiano.
Crisis y oportunidad
Mirando la elección de su sucesor vemos un hecho. Ratzinger fue el responsable de la gran mayoría de los nombramientos de los cardenales de la época de Juan Pablo II desde que fue nombrado en 1981 como Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe (ex Inquisición, ex Santo Oficio). Esto nos muestra también las amplias continuidades y afinidades “antiliberal” y “anticomunista” entre el ”carismático” Juan Pablo II y el “intelectual” Benedicto XVI. Las formas diferenciadas no nos deben hacer ocultar las amplias coincidencias políticas, ideológicas y eclesiales entre ambos. Los 117 cardenales que nombraran su sucesor tuvieron su aprobación y coinciden ampliamente Benedicto XVI —más allá del color de la piel y el lugar de proveniencia— en su manera de analizar las “amenazas y decadencias” que prov ienen de la sociedad. Se disputan el poder entre quienes condenarán y cerrarán más puertas y ventanas.
Es un fuerte impacto que mostrará al mundo entero el poder político y simbólico de la institución católica. Allí están los 177 Estados que hoy tienen relaciones diplomáticas con el Vaticano como ejemplo del crecimiento de ese poder. En un capitalismo desregulador y globalizado es una oferta tentadora para la burocracia eclesiástica de ser el acompañante “humanizado” a nivel mundial y nacional de esa dominación. Eso sí, es también un reconocimiento más político que espiritual, es una “oferta” a los estados nacionales y sus dirigencias políticas para acompañarlos en momentos de pérdida de credibilidad y de legitimidad. Por eso hay una toma y daca. Algunas autoridades eclesiásticas sueñan con compensar la pérdida de presencia entre los ciudadanos con mayor visibilidad eclesiástica en el aparato del Estado.
¿No hay otras alternativas? Difícil en el corto y largo plazo. El cardenal Martini, antes de morir el año pasado, hacía una crítica demoledora y decía que “la Iglesia se ha quedado atrás 200 años” y que “mientras nuestras casas religiosas están vacías, la burocracia aumenta”. Más aún “aconsejo al Papa y los obispos a buscar doce personas ‘de fuera’ para ocupar los lugares de dirección”.
Desplazadas y hasta rechazadas quedaron las “viejas” órdenes religiosas masculinas y femeninas vinculadas al mundo de los dominicos, franciscanos, jesuitas, salesianos, lasallanos, benedictinos y otras. Junto a ellas hay miles de experiencias comunitarias, carismáticas e individuales que viven en el espacio público de la sociedad su testimonio cristiano. Buscan vivir en sociedades laicas, democráticas y plurales junto a los olvidados y dominados de la historia. Alejados de la actual hegemonía y viviendo un profundo proceso de dislocación y relocalización pueden estar gestando allí nuevas maneras de ser cristianos.
''Un Papa no está sólo en la barca de Pedro, aun si es su primera responsabilidad y por esto quiero dar las gracias a todos los que me han acompañado. Nunca me he sentido solo para cargar las alegrías y el peso del ministerio petrino''.
''He dado este paso consciente de la gravedad y de su novedad, pero con una profunda serenidad. Amar a la Iglesia significa también tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre en cuenta el bien de la Iglesia y no el personal''
Papa Benedicto XVI
El dato
Sobre el autor
Fortunato Mallimaci es doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, Francia. Profesor titular de la cátedra: “Historia Social Argentina” y del seminario Sociedad y religión (Carrera de Sociología) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, donde ha sido decano. Es Investigador Principal del Conicet.
Síguenos en