Respeto, nada más que eso

La ciudad de Guadalajara, por convicción o por accidente, ha interpretado que una manera de granjearse imagen de urbe importante es ser elegida como sede de eventos que llamen la atención de muchos. Ejemplo reciente es la recepción que se dio al presidente estadounidense y a sus pares mexicano y canadiense; ejemplo obligado, por los conflictos internos a que nos orilla, es la organización de los Juegos Panamericanos de 2011.

Pero hay otros. Más modestos en su impacto mediático y de masas, es cierto, aunque no menos trascendentes. Uno de ellos concluyó justo ayer: el Segundo Congreso Nacional de Ciclismo Urbano.
El tema puede parecer escasamente importante, porque invoca el uso de la bicicleta que, por años, mereció el rechazo popular: “ciudad bicicletera”, se decía, para subrayar precisamente que en las calles de la urbe transitaban muchos en bicicleta; aquello era muestra, se entendía, de que nos empeñábamos en retrasar nuestro inevitable paso al desarrollo y a la calidad de “gran ciudad”.

¡Cómo cambian las cosas! Hoy la zona metropolitana se hunde, un día sí y otro igual, en la desesperación que provocan los constantes congestionamientos viales, los colapsos de grandes avenidas y el Periférico, porque un solo choque por alcance, bloquea por tres y hasta cinco horas el paso de los demás. Es, literalmente, un caos. La movilidad es un anhelo.

Y he aquí que, muerto ya aquel concepto peyorativo de la “ciudad bicicletera”, la necesidad y el sentido común amalgaman y motivan a incontables personas a retomar la bicicleta por razones tan repetidas y evidentes como los beneficios físicos que aporta al ciclista, su movilidad en comparación con los automotores y además, su contribución indispensable a evitar la contaminación.

Pero la resistencia al cambio es tan grande como los miles de kilómetros de calles, avenidas, calzadas y obras que hemos pagado para dar paso al automóvil. Dato revelador, presentado en el Congreso Nacional de Ciclismo: 84 personas murieron en 2008 en accidentes viales cuando viajaban en su biciclo.

Del mismo encuentro surge otra demanda: cambiar el marco jurídico para que se reconozca al ciclista, para que sea considerado un vehículo más, con obligaciones y derechos. Es un principio básico para normalizar la situación. Ahí está la tarea para los legisladores y no aparenta mayor esfuerzo.

Los ciclistas exigen espacio y respeto. Nada más que eso.
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